El asesinato a sangre fría del que fuera primer ministro japonés en dos etapas recientes, Shinzo Abe, parece ser un arrebato de violencia excepcional en un país que si por algo se había caracterizado era por tener una sociedad pacífica y ajena a los excesos ideológicos y de polarización visceral que se están produciendo en muchos otros países. En Japón, la rutinaria normalidad institucional impone a los políticos un laxo sistema de seguridad y protección personal.
Acudir a un mitin con total cercanía al ciudadano sin pensar siquiera que alguien pueda intentar un magnidicio era la costumbre. Resultaba inimaginable que un perturbado o un fanático matase de la forma en que ocurrió ayer. Sin embargo, ha ocurrido, y con consecuencias funestas que obligarán a revisar muchos protocolos. Resulta lamentable tanto exceso de confianza en que nunca ocurriría nada similar. Pero el planeta parece estar en guerra continua consigo mismo y nunca se está a salvo de nada. Abe es la desgraciada evidencia

