En las tierras de América del Sur, específicamente en Perú, Colombia, Ecuador y Venezuela, se alza majestuosa la Quina, también conocida como la “Cáscara Sagrada”. Con una altura que puede llegar hasta los 10 metros, su corteza rugosa, hojas angostas, flores verdes y diminutas semillas encierran propiedades que la convierten en una planta “sagrada”, utilizada ancestralmente para prevenir y combatir diversos malestares.
En tiempos antiguos, la fiebre, síntoma común en muchas enfermedades, era enfrentada con vegetales que poseían propiedades antipiréticos. El cronista Inca Garcilaso de la Vega relata el uso de la infusión de paico, especialmente efectiva contra la fiebre, evidenciado durante la enfermedad del inca Atahualpa mientras estaba preso en Cajamarca.
La denominada Quina, científicamente conocida como Cinchona officinalis y perteneciente a la familia de las Rubiáceas, es originaria de estas tierras suramericanas. Su nombre resuena en crónicas históricas, donde el padre Cobo menciona el uso de la corteza del árbol de la quina, también llamado “árbol de las calenturas”, cascarilla o corteza peruana, para combatir la fiebre. El padre Cobo también alude a otras plantas como chuquicanlla y chilco, utilizadas en infusiones y baños para tratar el mismo malestar.
En el reino vegetal, los sauces, pertenecientes al género Salix, emergen como portadores de salicina, un precursor del ácido acetilsalicílico. Esta sustancia, además de poseer propiedades analgésicas, presenta cualidades antipiréticas, reduciendo la fiebre. Su uso persiste en algunos lugares como alternativa a la quina (Cinchona pubescens), cuyo alcaloide quinina es históricamente empleado en el tratamiento de la malaria y otras fiebres. La historia de estas plantas, en la medicina tradicional, continúa siendo narrada a través de los tiempos, revelando los tesoros curativos que la naturaleza brinda.
Noticia por Infobae

